Hace unos 10 años, mi buen amigo David López expresó en un Ted Talk: “¿Por qué tenemos la insistencia en LATAM de querer resolver nuestros problemas volviendo a ver al norte? Pongan a Brad Pitt a bailar Salsa y vean qué tan bien lo hace”.
Centroamérica no es Silicon Valley, no podemos esperar que todo funcione igual. Es nuestra tarea tropicalizarlo, darle nuestro color y buscar la manera de que funcione.
¿Y en qué se nota que no somos Silicon Valley? En cuatro cosas concretas, que no son excusas sino las reglas del juego en las que nos toca jugar.
1. Tener menos capital disponible nos obliga a ser más eficientes
Nuestro mercado de capitales es mucho menos profundo que el del norte. Eso, que a primera vista suena a desventaja, nos obliga a volvernos creativos: a construir más con menos. Mientras una startup en San Francisco quema millones para encontrar su camino, acá aprendemos a llegar a la misma tracción con una fracción del capital. Para el fundador, eso significa diluirse menos en cada ronda. Para el inversionista, significa entrar a valuaciones más razonables y con menos capital en riesgo para alcanzar los mismos hitos. La escasez no es solo una limitante; es una disciplina que termina jugando a nuestro favor.
2. Siete legislaciones distintas, una sola región un clara barrera de entrada
En Estados Unidos, una startup nace en un solo marco legal y escala a un mercado enorme bajo las mismas reglas. Acá no. Centroamérica y República Dominicana son siete legislaciones distintas, cada una con sus propias reglas para constituir, contratar e invertir. Esa capa regulatoria es una barrera de entrada y un costo adicional para crear negocios: instrumentos que en el norte se dan por sentado, como el SAFE, acá ni siquiera están reconocidos. Pero esa misma complejidad protege a quien logra navegarla. El que entiende cómo operar a través de las siete fronteras construye una ventaja que no se copia con un cheque.
3. Más necesidades sin atender, más oportunidades reales
En un mercado maduro casi todo problema obvio ya tiene diez empresas peleando por resolverlo. Acá pasa lo contrario: tenemos muchas más necesidades sin atender y mucha menos competencia para resolverlas. Eso se traduce en oportunidades de construir negocios que de verdad cambian la vida de las personas, no apenas una mejora marginal sobre algo que ya funcionaba. El espacio en blanco es enorme, y quien lo llene primero lo hace sin tener que pelear cada centímetro contra un competidor bien financiado.
4. Mismo talento, menor costo de operación
Operar un negocio en nuestra región cuesta mucho menos que en el norte, y el talento humano es igual o comparable al de cualquier hub tecnológico. Esa combinación —mismo nivel de gente, fracción del costo— abre oportunidades claras de labor arbitrage: equipos que producen al nivel de Silicon Valley con una estructura de costos que les permite extender mucho más cada dólar levantado. En un entorno donde el capital escasea, ese margen es precisamente lo que vuelve viable lo que en otros lugares se da por descontado.
Estamos abriendo camino
Seamos honestos sobre el momento en el que estamos: hoy nuestra tarea es validar el potencial de la región para crear startups. Todavía no tenemos décadas de casos de éxito que nos respalden, y por eso el play de venture capital acá a veces se parece más a un play de private equity: más disciplina, más atención a la eficiencia, menos apuestas a ciegas. Pero esa es la naturaleza de empezar. Esta primera generación de fundadores e inversionistas está abriendo el camino, construyendo los casos que justificarán el venture de la siguiente. No estamos copiando el play de Silicon Valley. Lo estamos tropicalizando. Y ese baile, el nuestro, apenas está empezando.
Pura Vida
